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El mejor atardecer del mundo

y no exagero

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Empieza el cuento peruano

El taxi nos dejó en la terminal internacional de Tacna, con un cambio de 2 horas en nuestros relojes. Tacna es como una Ciudad del Este peruano, por suerte solo pasábamos por allí. Luego de cambiar dinero, evitamos los pintorescos moto-taxis y en un taxi de verdad nos fuimos a la terminal local.
Nuestro destino original en el camino a Copacabana, era Desaguadero. Pero el taxista, nos recomendó ir hasta Yunguyo, que es la frontera peruana con Bolivia, y nos ahorrábamos un tramo de bus.
En la terminal de Tacna, hay muchos “promotores” que a grito pelado tratan de ofrecerte todos sus destinos, y muchas veces, parece que van a una sola ciudad, como por ejemplo “saguaderoilavepuno”, que significa “Desaguadero, Ilave, y Puno”.
Los ignoramos, y fuimos a la primer empresa que en su cartel ofrecía a Yunguyo como destino.
Pedimos pasajes a Yunguyo, y nos los vendieron por 20 soles cada uno. Esperamos sentados frente a su local más de una hora, hasta que anunciaron el bus. Previo pago de la tasa de embarque (la cobran en todo Perú y Ecuador) salimos a la dársena.
Antes de subir las mochilas, G le preguntó al conductor si la última parada del recorrido era Yunguyo, o si seguía; y le contestó que no iba a Yunguyo, y que ninguna empresa lo hacía. No dio más explicaciones.
Confundidos, le preguntamos a quién carga las mochilas, y nos confirmó que no iba a Yunguyo, y tampoco nos aclaró más nada.
Ya resignados, le pedimos alguna explicación al que nos controlaba los pasajes antes de subir al bus, y nos dijo: “Se tienen que bajar en Chaca-Chaca”. BIENVENIDOS A PERÚ.
Para esa altura, empezamos a suponer que Perú en Inca significaba “no doy explicaciones”.
Una vez en el bus, tardamos 30 minutos en salir de la terminal, porque estaban arreglando el micro.
Cuando finalmente arrancamos, apareció uno de los choferes, pidiendo disculpas por la demora. En seguida, se puso a hablar de Dios, y que lo importante era llegar sanos. Y luego, como un panqueque en el aire, comenzó su prédica: fueron 30 minutos de para tratar de vendernos un ungüento de uña de gato que curaba “casi todo”.
Decía varias veces: “Perdón, si usted tiene” y completaba la frase con alguna dolencia de las mas diversas, y le aseguraba que le iba a calmar el dolor.
Después del verso, pensamos que no le iba a vender un ungüento ni a su hermana; pero mucha fue la sorpresa al ver que medio micro le compraba. Nos dimos cuenta que esto no podía ser un buen augurio.
La ruta desde Tacna hacia el Este realmente es desoladora. Se ve una pobreza terrible. Kilómetros de desierto con lotes delimitados por piedras, donde sólo se observan casas levantadas con 4 paredes de arpillera. Realmente muy triste. No se puede entender de qué vive esa gente al costado de la ruta, y a cientos de kilómetros del poblado más cercano.
Luego de unos pocos kilómetros, al micro empezó a subir gente que esperaba en la ruta. Y como el micro venía lleno (seríamos como 50 pasajeros) muchos viajaban parados. D viajaba del lado del pasillo, y a su lado, en el pasillo, se sentó una mujer que viajaba con 2 hijos de 8 años aprox. Además de que los chicos no paraban de moverse y apoyarse en todos los asientos, lo que hacía imposible dormirse, la mujer empezó a repartir entre los pasajeros unas camperas deportivas truchas del Bayern Munich.
A todo esto, notamos que el baño del micro estaba clausurado!!! Sí, 9 horas sin baño!!!
Seguimos viaje, para este entonces en el micro ya éramos como 60 (y seguro por eso cierran el baño), y al rato nos paran como en una aduana interior. Nos hacen bajar a todos, y se ponen a revisar la mercadería de muchos de los pasajeros. Luego de 20 minutos de estar esperando para reanudar el viaje, pudimos continuar. Y ni bien subimos, la mujer que había repartido las camperas, las empezó a recoger. Ahí entendimos: la mujer repartió las camperas para que piensen que eran de los pasajeros, y no le confisquen la mercadería.
El paisaje empieza a cambiar paulatinamente, y dejamos el desierto para meternos en zona de montañas y valles. Y poco a poco empieza a aparecer la vegetación y el paisaje cambia de marrón a verde.
Lo que también empieza a aparecer al costado de la ruta, es la basura. Los peruanos son muy sucios (y si algún peruano está leyendo esto y se siente ofendido, lo siento, pero es lo que observamos durante todo nuestro viaje por Perú). Y ya van a entender por qué.
Pasaban las horas y los kilómetros, y seguíamos viendo mucha basura al costado de la ruta. Bolsas, botellas, bandejas de comida, envoltorios, de todo. Y era hasta entendible cerca de las ciudades. Pero el viaje avanzaba, y a muchísimos metros sobre el nivel del mar, y alejados de cualquier poblado, seguíamos viendo lo mismo. Hasta que llegó el mediodía, y entendimos todo.
En medio de la ruta, el micro se detuvo de pronto y el chofer se bajó. Y a la vista de todos, apenas alejado no mas de 5 metros del micro, se pone a orinar. Al ver esto, casi todos los peruanos del micro, y algunas peruanas también, se bajaron a orinar. La imagen era dantesca: 20 hombres de espaldas al micro orinando al costado del camino.
A los 20 minutos de cont8inuar viaje, el micro se detuvo en un paraje en medio del camino. Era la hora de almorzar. Pero nos indican que solo estaríamos detenidos 15 minutos. Así que, la comida de todos los peruanos (porque éramos los únicos extranjeros del micro) se volvió “para llevar”. Nosotros preferimos no almorzar y aprovechar ese tiempo para buscar un baño (el cual obviamente no encontramos, más que la misma naturaleza).
Una vez en el micro, y ya de viaje, todos empezaron a almorzar. Chicharrones, y comidas típicas peruanas. Ya se imaginarán el olor, pero bueno, ya se veía venir. Lo que si nos sorprendió, fue que al terminar de comer, la gente empezó a tirar TODO por la ventana. TODO. Bandejas, botellas, bolsas, servilletas no porque nadie las usó, y eso que comen con la mano, todo. Y hasta el que no tenía una ventana en su asiento, porque habia una ventana cada 3 filas, le pedía al de adelante o al de atrás que le tire las cosas por la ventana. No lo podíamos creer, un paisaje tan hermoso estropeado de tal forma. Además, nos sorprendía que esa actitud fuera, además de no reprobada por los demás, vista como lo normal y lo correcto. Realmente son muy sucios.
El viaje ya se estaba haciendo insoportable, y empezábamos a tener hambre.
Por fin llegamos a Chaca-Chaca, y desde allí tomamos una combi que nos llevó a la frontera en Yunguyo. Pasamos la frontera, una de las más fáciles del mundo, apenas miraron nuestros pasaportes y ni revisaron nuestro equipaje, y entramos en Bolivia. Realmente podríamos haber pasado cualquier cosa.
Tomamos un taxi por los 8 kilómetros restantes y llegamos a Copacabana casi de noche. Buscamos el Hotel Sonia, que nos habían recomendado, y nos quedamos allí. Empezamos a entender que Internet sería de ahora en más un recurso bastante escaso, ya que ni en el hotel ni en los bares que recorrimos luego, había. Y lo peor, es que todos decían que tenían, pero cuando te sentabas, empezaban las excusas: que “en una hora volvemos a tener”, que “tuve hasta ayer y me robaron el modem”, y demás.
Cansados y con mucha hambre nos fuimos a cenar, y por primera vez cenamos los menúes que tantas alegrías nos darían en gran parte del viaje. El pescado brota de las piedras. Así que te sirven una sopa de entrada, trucha con arroz, papas fritas y ensalada, y hasta un te de coca, por 18 bolivianos, que son 3 dólares. Exquisito!
A la mañana siguiente fuimos al paseo del Calvario. Se suben una largas escaleras con estaciones al estilo vía crucis, y se llega a la cima, desde donde se puede observar todo Copacabana y apreciar el tamaño del Lago Titicaca, que es realmente enorme y hermoso. Suponemos que si se sube a la tarde se podrá apreciar un atardecer increíble desde otra perspectiva.
De ahí, nos dirigimos a una playa que nos recomendó el del hotel; había que caminar unos 4km por una ruta de tierra, que por suerte no era muy transitada.
El camino era bonito, rodeado de pastizales altos y flores, además de algún cerdo suelto.
La ruta subía una colina, y al llegar a la cima, descubrimos que donde terminaba el acantilado había una playa, pero no se podía llegar fácilmente. Seguimos caminando y encontramos “las islas flotantes”. Éstas estaban hechas de un piso de madera, cubierto de paja, sobre una base de botellas plásticas, que lo hacían flotar. Tenía, además, algunas chocitas, que daban algo de sombra; y hasta una cocina.
Al llegar conocimos a Sonia, que levantó una red, sacó 2 truchas y nos las cocinó en el momento, mientras nosotros nos dábamos un chapuzón en el helado Titicaca (después nos enteramos que estaba helada porque era época de deshielos).
Comer en la isla flotante fue genial, no había otros turistas, con lo cual, teníamos el lugar para nosotros; después de comernos un plato delicioso, nos tiramos a tomar sol sobre la paja.
Desandamos nuestros pasos para disfrutar uno de los atardeceres más lindo que hemos visto. El sol poniéndose en el horizonte; reflejándose sobre el mar y los barcos que se encuentran amarrados en el puerto. Simplemente hermoso.
A la mañana siguiente, dejamos las mochilas grandes en lo de Sonia y nos fuimos con las pequeñas a la Isla del Sol.
Como siempre, aquí les dejamos algunas fotos y el resto las pueden ver en:
http://www.facebook.com/media/set/?set=a.363621997070695.1073741832.353492714750290&type=3

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Publicado por AMLATMDQ 20:04 Publicado en Bolivia Tagged atardecer copacabana playa_blanca trucha

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